La luz de Belén perpetua
- Abel Serna

- 9 ene
- 2 Min. de lectura
Estamos apurando los últimos días de Navidad, pero la pregunta sigue resonando: ¿qué clase de Dios nace en un portal? Y al decir portal siempre piensas en lo que queda fuera, a las afueras y en lo escondido bajo la luz de lo desconocido y lo incierto.
Tras este espectro se asoma un Dios que en la sombra está hecho para ser la Luz de este mundo. Un Dios que no ama la farándula y el espectáculo, sino la blanca luz de Belén. Tu Belén y el mío.
Ese Dios que transporta la historia es un Dios en pañales, que limpia el pecado del mundo. Es un Dios escondido, pero no por miedo, sino por un amor que le lleva a no hacer ruido, a resguardarse hasta de su propia magnificencia para no ser visto como un imposible. El Dios de Belén es el único real y verdadero. Aquél que años después desciende hasta las entrañas del pecado con la misma gracia con la que nació: solo y en pañales.
Ahora que las fiestas terminan, esa luz de Belén no debe esconderse tras los adornos que guardamos, sino brillar ante nuestros propios miedos y prejuicios. Donde hay dolor, y donde ese dolor se transfigura del pecado, está la luz de Belén. Donde encontramos al pecador que sufre, vemos la huella de Jesús por Belén y es ahí donde debemos poner nuestra atención. Porque, ¿qué necesidad tienen de ser curados los sanos? (Mt 9,12).
La luz de Belén debe quedarse en nosotros cuando nos arrepentimos y reconocemos nuestras faltas. Nos atraviesa cuando alguien sufre, y, sobre todo, cuando sabemos que sufre por algo que es incapaz de nombrar, algo que le queda más grande y que está en su interior agazapado.
Esa luz se convierte en salvación diaria cuando vemos ese dolor en el otro sin juzgarlo, sin medirlo, sin hacer juicios de valor. Solo en el gesto de estar, acompañar, ser y compadecerse. Es ahí donde Jesucristo vuelve a nacer cada día y donde el cielo hace fiesta (Lc 15,9). ¡Bienaventurados los Misericordiosos! (Mt 5,7). Cuando entendemos que las dolencias del prójimo no son tan distintas de nuestras propias dolencias.
¿Que Dios nace en un pesebre? ¡Sí!, para nuestro bien. Para que entendamos, ahora que retomamos la rutina, que no hemos sido llamados a ser esclavos de una imagen de Dios imposible, sino de un Dios que carga con nuestras miserias y no le importa hacerse el más pequeño con el fin de conquistar nuestros corazones en un derroche de amor y humildad.
¿Sabremos mantener encendida su Luz, esa Luz de Belén, el resto del año?
God Bless You



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