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Y yo que creía morir, fui hecho Luz

Son muchas las preguntas que resuenan cuarenta días después de Belén, ahora que nos encaminamos al Templo. Sin darme cuenta, yo me las hago cada día con mi forma de vivir. Porque si Dios está con nosotros, si la Luz del mundo se ha dejado sostener en brazos humanos de cualquier manera, entonces será porque la bondad de Dios está tan por encima de los demás que puede verse rebajada sin sentirse menos ni menospreciada. Es un acto de rebelión que acota todo lo que puede esperarse de un Dios, en términos humanos.


Y con todo ello, me pregunto el cómo y el porqué de esta actuación de Dios con los pequeños altibajos diarios de mi vida. Si Dios es tan bueno como para dejarse presentar como una ofrenda pobre y sin importarle la negativa de los grandes palacios, entonces yo, ¿qué debo hacer cuando las cosas no me salen como espero, cuando la vida es un caos, cuando nada funciona, cuando las cosas que amo no me satisfacen, cuando nada está donde quiero que esté?


Si Dios no se enfada ni se malogra, ¿cómo puedo aprender yo a no enfadarme de los caprichos, que, en definitiva, es casi todo en la vida?


A decir verdad, nada ni nadie me denuncia tanto como Dios entrando en el Templo, pequeña luz en medio de tanta oscuridad, rebajándose a la mínima potencia. Porque yo he amado las cosas por tenerlas, he sostenido argumentos sólo por convencer a los demás de algo y, cuando no me han funcionado, me he ido dejando un sitio vacío. He jugado a eso de ser Dios en el siglo XXI con las Redes Sociales, con los likes, los “me gusta”, la morralla de siempre que deja el corazón más vacío con cada dedo levantado.


Yo he sido el lugar donde esa Luz intentaba brillar al precio de caprichos, ademanes y discursos altivos. He sido alguien que ha buscado a Dios en una moneda de cambio y en el deseo interior de ser el primero a toda costa. Y con todo esto, hoy, fiesta de la Candelaria, vuelvo a dispararme y a pensar: si Dios se presenta en el último lugar, ¿por qué vivir pensando que yo soy más? ¿por qué no mirar mi propia oscuridad y acogerla con el fin de que sea iluminada? ¿Por qué no amar mi propia pequeñez?


Muchos errores en la vida se cometen precisamente por no amar tu portal, el rincón que habitas y que penetras realmente cada día. Muchos fallos se cometen por no aceptar la paja del pasado, el heno de tu efervescencia y pasividad, las gotas del rocío de la intolerancia y la frustración a un cambio verdadero. En el fondo, todo ello responde al miedo nocturno de que descubran quién habita tras tu piel, o tras tu máscara. Ese lagar de inestabilidad al que llamas interiormente hogar mientras dejas que los derroteros de la supervivencia te ahoguen a la espera de una luz que te hable de amor, de un amor de verdad.


Y en este momento es cuando todo el cielo anuncia la Buena Nueva: la Luz ha entrado en el Templo. En tu pasado incierto, en tu futuro incierto, en tu disfraz que pesa más y más con el tiempo. Es en tu debilidad y miseria donde José y María tocan la puerta para decirte que ha llegado algo que dará cobijo al lugar sin cobijo, llama al lugar sin fuego.


Es así como Jesús viene a presentarse en tu vida, no como se espera, porque solo Dios puede romper tanto la estructura y la comodidad humana. El mismo Dios grandilocuente que no se menosprecia a sí mismo, más sí se abaja a lo más oscuro del ser humano para ser la "luz que alumbra a las naciones" y que llena los vacíos del alma.


Te diría que ahí donde todo se tuerce, oscurece y/o parece no dar la talla, incluidos tú y yo, llega Cristo, presentado en el templo, iluminando toda la Iglesia, y tras su Presencia la invitación a una vida nueva. Quizá la única que merezca la pena ser recibida en la noche fría que atraviesa el alma que no ha conocido el amor y que sin saberlo tiene en vela su esperanza, una vela trasnochada por el viento, pero profundamente arraigada en el corazón humano.

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